Los mejores y peores días de América Latina

Jorge Castañeda

El continente latinoamericano vive una gran contradicción: tiene unas importantes tasas de crecimiento económico y a la vez está más enfrascado que nunca en conflictos sociales, políticos y diplomáticos


El mejor momento: hace por lo menos tres decenios que las economías iberoamericanas no alcanzaban las tasas de crecimiento de los últimos cinco años. Gracias a políticas "macro" sensatas, y también, por supuesto, a los elevadísimos precios de los commodities -cobre, hierro, soja, petróleo...- la expansión económica ha sido larga, sin inflación ni desequilibrios externos, hasta ahora. Todo esto ha generado una reducción innegable de la pobreza, una pequeña pero alentadora merma a la desigualdad, y, sobre todo, una expansión notable de la clase media baja hasta en países como México y Brasil.
En lo político, la evolución ha sido igualmente positiva. Las transiciones a la democracia de los años ochenta han resultado ser duraderas y profundas. Con la excepción del régimen de Cuba y de las FARC en Colombia, todos los actores políticos de la región compiten por el poder vía las urnas: incluso Hugo Chávez acepta sus derrotas en las mismas. El respeto a los derechos humanos, imperfecto por supuesto, es mayor que nunca, y la eficacia y repercusión de las denuncias a sus violaciones también. América Latina importa menos en el mundo, porque genera menos problemas; su vitalidad cultural se encuentra intacta, más extendida y menos espectacular.
¿Por qué entonces el subcontinente se encuentra enfrascado en más conflictos diplomáticos, políticos, sociales y de delincuencia que en cualquier otro momento de la historia reciente? En efecto, de sur a norte, atestiguamos una extrema polarización política en México, que ha paralizado cámaras legislativas y arterias de la capital; el diferendo antiguo pero agudizado, entre Nicaragua y Colombia por la isla de San Andrés y los límites marinos (ya presentado ante la Corte Internacional de Justicia -CIJ-); el que impera con una creciente animosidad entre Venezuela y Colombia, en todos los ámbitos; el pleito fronterizo, personal y militar entre Colombia y Ecuador; el conflicto armado en Colombia sigue cobrando vidas a gran escala; el inminente cierre de las chavistas Casas del Alba en Perú; el litigio de límites marinos entre Perú y Chile (también ya ante la CIJ); la extrema tensión, a causa de varios referendos, entre las provincias orientales de Bolivia y el Altiplano, y las divergencias sobre suministro de energía entre ese país, Argentina y Brasil, sin omitir, desde luego, el diferendo ancestral entre Chile y Bolivia sobre el acceso al mar. Si agregamos el reciente paro del campo en Argentina, la reacción feroz de los cripto-piqueteros kirchneristas (Luis d'Elía: "Lo único que me mueve es el odio contra la puta oligarquía... Tengo un odio visceral contra los blancos del Barrio Norte") y el aquelarre incomprensible (también llevado a la CIJ) entre Uruguay y Argentina por la papelera en la República Oriental y el cierre fronterizo en Gualeyguachu, comprobamos una retahíla insólita de líos. ¿A qué se debe?
Se antojan múltiples factores explicativos. Podemos, sin embargo, centrarnos en uno, que, sin ser suficiente, es necesario y primordial. América Latina se encuentra hoy escindida en dos bandos: uno, el que bajo la afinidad con o férula de -según la óptica- el llamado Consenso de Washington, sigue el camino de la democracia representativa -con todos sus bemoles- de la economía de mercado y la globalización -con sus insuficiencias irrefutables-, de relaciones cordiales, aunque no desprovistas de desacuerdos, con Estados Unidos, y que incluye a México, República Dominicana, Costa Rica y Panamá, Colombia, Perú, Chile, Uruguay y Brasil; y otro, del proverbial "eje del bien" (o "del mal", de nuevo según la óptica), estatista, globalifóbico, preso de tentaciones autoritarias y/o de democracia "participativa", antiamericano y convencido de que "otro mundo es posible", regenteado por La Habana y Chávez (ya que la supervivencia del segundo representa un asunto de vida o muerte para el Gobierno isleño), y con antenas importantes, dentro y fuera del poder, en México (López Obrador y el PRD), El Salvador (el FMLN), Nicaragua, Colombia (las FARC y parte del Polo Democrático), Ecuador, Bolivia, Argentina, y ahora, muy probablemente Paraguay. Ninguno de los dos bandos es químicamente puro: abundan fuerzas del primero en el seno del segundo, y muchos gobiernos de ese primer grupo se ven asediados por fuerzas financiadas y organizadas, por gobiernos del segundo. Más aún, algunos países, sobre todo la Argentina y en menor medida Guatemala, oscilan entre un bando y otro.
Existe, sin embargo, una asimetría fundamental entre ambos bandos. Los partidarios y adeptos de la ortodoxia macroeconómica, de la democracia antes llamada burguesa y del entendimiento con Washington, incluso gobernado por Bush, son timoratos, introvertidos y cautelosos al extremo; no fue ninguna casualidad que quien le espetara a Chávez "¡Por qué no te callas!", fue Juan Carlos I, no Calderón, ni Uribe, García, Bachelet, Vázquez, o Lula. Mientras que el otro lado posee, desde años atrás, una estrategia, y de manera mucho más reciente, los medios para ponerla en práctica. He aquí el quid del asunto.
El conglomerado en cuestión hoy cuenta con la capacidad de realizar el añejo sueño del Che Guevara: no "uno, dos, muchos Vietnams", sino uno, dos muchos Venezuelas, en el sentido de conquistar el poder vía las urnas, de conservarlo, transformarlo y concentrarlo vía la modificación constitucional y la creación de milicias armadas y partidos monolíticos, todo ello financiado por el petrolero de PDVSA, defendido y promovido por cuadros de seguridad cubanos, alentado por políticas sociales a largo plazo equivocadas pero a corto plazo seductoras, llevadas al terreno por médicos, maestros e instructores cubanos, respaldados, en la teoría y cada vez más en la práctica, por las armas rusas suministradas a Caracas.
Más que nada, este bando cuenta con una narrativa convincente. Ante la persistencia de la pobreza y la desigualdad, la recurrente agresión y/o descuido norteamericanos, la mezquindad del empresariado y la corrupción e incompetencia de los gobiernos anteriores, la alternativa bolivariana aparece como soñada. Se entregan servicios de educación y salud a los más pobres a través de las llamadas misiones y de los cuadros cubanos; se obtienen fondos para pagarlos ya sea nacionalizando empresas de recursos naturales (Venezuela, Bolivia), ya sea cobrando rentas o impuestos más elevados por servicios o exportaciones (Ecuador, con la telefonía y el petróleo; Paraguay, con la electricidad). Se imponen -amenaza de expropiación me-diante- reducciones de precios de productos de consumo popular (cemento, varilla, harina, pan, bebidas, etcétera). Es decir, la narrativa ofrece un diagnóstico intolerable y propone una solución alcanzable. Dentro de su simplismo, pero en democracia (a diferencia de la época del Che y de las guerrillas urbi et orbi en América Latina) y con acceso a medios, partidos, y sindicatos, el mensaje funciona. Es falso, pero verosímil y asimilable. Al otro bando, aun si poseyera un discurso equivalente, le aterra pronunciarlo.
En este esquema, la joya de la corona es Colombia. Los cubanos son demasiado inteligentes para creer que países como México o Brasil puedan caber dentro del Plan Estratégico de las FARC en las famosas computadoras; se dan por bien servidos con que Calderón y Lula sean sus amigos o cómplices, no en sustituirlos con aliados incondicionales (izquierda del PT, López Obrador). Argentina y Perú son objetos codiciados, pero en ninguno de los dos casos disponen de quintas columnas fieles y poderosas. Pero en Colombia, a pesar de la supuesta distancia de las FARC con La Habana y de la reticencia de parte del Polo Democrático de ser correa de transmisión de Chávez, cuentan con la ausencia de un sucesor viable de Uribe, para transformar la elección de 2010 en un hito. Por eso, todo va encaminado a Colombia: las negociaciones para liberar a los rehenes, el apoyo y búsqueda de reconocimiento para las FARC, la promoción internacional de figuras como Piedad Córdoba, las negociaciones entre Uribe y el ELN en Cuba.
En los meses que vienen, veremos cómo esta estrategia se despliega, con reveses y aciertos, llenando el vacío dejado por el otro bando. Y comprobaremos, por desgracia, cómo los conflictos de la región, proliferarán y se acentuarán. Y cómo, por último, estos mejores días de América pueden rápidamente virar en una nueva debacle, si no se hace nada para evitarlo.


Jorge Castañeda fue secretario de Relaciones Exteriores de México y es profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York.

Artículo publicado el 7 de mayo de 2008 en El País de España

"Con este gobierno de Uribe es imposible un diálogo con las FARC"

Entrevista a Carlos Gaviria, del Polo Democrático Alternativo

El líder del izquierdista Polo Democrático Alternativo, Carlos Gaviria, dijo en una entrevista con Clarín que no cree que con un gobierno como el de Alvaro Uribe, la guerrilla de las FARC se siente a negociar. Ex candidato presidencial de la segunda fuerza política colombiana, analizó qué puede ocurrir con la insurgencia tras la muerte de su líder, Tirofijo.(- ¿Qué puede cambiar en las FARC con la muerte de Tirofijo?

La espiral que no cesa

La crisis agraria en la Argentina

Mario Wainfeld hace un análisis demoledor de la grave crisis política argentina y el inicio de la huelga del sector agrícola de ese país.
Entre otras cosas afirma que “se ha entrado en una etapa en la que parece que lo más importante es demostrar que el otro entorpece una salida viable. Meses de evolución del conflicto decantaron una percepción compartida: la opinión pública ansía un cierre, cambiar la hoja. Los contendientes se afanan, a niveles asombrosos, para ganar ese juego. Emiten y vistean declaraciones, las sobreinterpretan. Se dan por ofendidos con gran celeridad. La polémica se retrotrae a detalles baladíes e incorroborables”.

Chile preside Unasur

Alejandro Foxley Rioseco
Ministro de Relaciones Exteriores de Chile

La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) acaba de dar un paso decisivo para su consolidación con la aprobación de su Tratado Constitutivo.
Durante la Cumbre de ayer, en Brasilia, la unanimidad de los países solicitaron que Chile presida esta organización durante el próximo año. La Presidenta Bachelet aceptó y asumió de inmediato la dirección del organismo.
Creemos que se nos presenta una oportunidad para impulsar con mayor vigor, desde esa posición, los procesos de integración en América Latina.
En nuestra región, el proceso de integración se inició hace 50 años. Indudablemente ha habido avances, en particular en cuanto a diálogo político y comercio. Pero comparemos con la experiencia europea. La Unión Europea también inició su proceso de integración hace 50 años. Hoy, el 74 por ciento del comercio europeo se realiza entre sus países. En América Latina, en cambio, apenas llegamos al 17 por ciento. Poco, por cuanto la comparación tampoco nos favorece respecto del este de Asia, que llega al 50 por ciento de comercio entre sus países.
En el papel, las instituciones de la integración de América Latina no son muy diferentes de las europeas, pero los procesos para construirla han sido diferentes. Lo básico para los europeos era inicialmente la integración en dos planos: la energía y la infraestructura. América Latina prefirió enfocarse desde el inicio en la instalación de Tratados Constitutivos que incluían la integración simultánea en todos los planos, a lo que Europa está recién llegando después de 50 años y en un avance gradual y por etapas.
El enfoque latinoamericano, entonces, es más bien formal o "de jure", enfatizando la primacía de los instrumentos legales para alcanzar la integración entre los países. Hemos sido prolíficos en normas jurídicas de integración, pero no más del 30 por ciento de ellas se han incorporado al orden jurídico interno, según un trabajo de un centro de estudios de un país vecino.
La experiencia europea ha sido diferente. Después del término de la Segunda Guerra Mundial, Europa se encontraba devastada luego de los conflictos bélicos. El 9 de mayo de 1950 el ministro de Asuntos Exteriores francés, Robert Schuman, afirmó que "Europa no se hará de una vez, se hará gracias a realizaciones concretas, paso a paso". Así, Europa partió con la Comunidad del Carbón y del Acero y avanzó progresivamente en la integración económica. Sólo hoy, más de 50 años después, está hablándose allí de una Constitución Política Europea.
Si siguiéramos el ejemplo europeo, deberíamos poner urgencia en América del Sur a la integración a través del tratamiento común en materia de recursos o necesidades esenciales para todos, como son la energía, la infraestructura y la protección social. Por ejemplo, para lograr una integración efectiva en materia energética, es fundamental acordar un marco jurídico común que permita atraer a la inversión extranjera a la región, una política de precios razonables y compatible con el escenario internacional, fomentar la asociatividad entre empresas de distintos países, lograr un estricto cumplimiento de los contratos y políticas tributarias armonizadas.
Asimismo, habría que ratificar la voluntad de llevar adelante la integración física, donde los corredores bioceánicos tendrían que completarse a la brevedad. Ello se anunció por los Jefes de Estado en Brasilia en 2000 y todavía no se termina ninguno de ellos. Los presidentes Lula, Morales y Bachelet se comprometieron en La Paz a inaugurar en 2010 la carretera que unirá Santos en Brasil con Arica e Iquique a través de Bolivia. Ese es el enfoque que hay que priorizar en Unasur.
El tercer tema que impulsaremos es el de construir una mirada convergente respecto de las políticas sociales más efectivas para ampliar las oportunidades a los sectores excluidos y reducir las desigualdades en la región. Ese factor, la cohesión social, ha sido decisivo para el éxito de la integración europea.
Aquí hay tres tareas concretas, prioritarias para la región, que Chile impulsará activamente a través de la Presidencia de Unasur. Siguiendo lo que Schuman recomendaba a los europeos al iniciar el proceso, tareas concretas, avances medibles, retórica en retirada. Es el camino para recuperar el tiempo perdido en el proceso de integración regional.
Esperemos que este enfoque sea compartido por los otros socios de Unasur.

Artículo publicado en El Mercurio el 24 de mayo de 2008

UNASUR: Nacimiento con pronóstico reservado

Sergio Molina Monasterios

El viernes pasado sólo los malabarismos diplomáticos brasileños y su peso específico en la región lograron que uno de los fracasos diplomáticos más resonantes de los últimos tiempos se convirtiera en el tibio y prematuro nacimiento de la Unión de Naciones Sudamericanas.
UNASUR es un nuevo organismo de integración política, social, cultural y económica que agrupa a 12 países sudamericanos que tendrá una Secretaría Permanente con sede en Quito, un Consejo de Jefes de Estado y otro de Ministros, y que deberá encontrar su lugar en el mundo entre el MERCOSUR y la CAN, las otras dos instancias subregionales de integración ya conocidas y existentes.
Como para que nadie dude de lo bien que nos va a los latinoamericanos en estos temas, hagamos un recuento de los problemas que tuvieron que sortear los anfitriones en Brasilia para que el papelón no se consumara: Colombia no quiso aceptar la presidencia pro témpore que le correspondía, por sus problemas con Venezuela y Ecuador (por eso la tuvo que asumir Chile, el siguiente país en orden alfabético); el Secretario General de UNASUR —el ex presidente ecuatoriano, Rodrigo Borja— renuncio intempestivamente porque no se hicieron las cosas como él quería; y, finalmente, lo que iba a ser la primera resolución de UNASUR, la idea brasileña de crear un Consejo de Defensa de América del Sur —una especie de OTAN sudamericana—, se vino abajo, nuevamente por la oposición de Colombia, país que hablaba por sí mismo, cierto, pero también por los EE.UU.
Con todos esos traspiés, sólo la fortaleza de Brasil, que busca en esta plataforma retomar el liderazgo continental, y la aquiescencia de la izquierda chavista que bebe los vientos por asuntos como éste, permitieron que naciera algo que se venía abajo irremediablemente.
Se ha escrito mucho sobre las dos almas de América Latina: una según la cual no importa el color del gato sino que éste cace ratones; y aquella para la cual es importante la raza y hasta el color del felino, parafraseando la clásica metáfora de Deng Xiaoping. Esas dos almas chocaron en la fundación de UNASUR, sólo que las buenas maneras de la diplomacia impidieron que el enfrentamiento se haga más explícito. Con la excepción, una vez más, de Colombia. Si algo hay que reconocerle a este país es que no tiene problemas en decir lo que piensan fuerte y claramente y que se ha convertido en una especie de anti-líder indiscutible.
En cualquier caso la unidad latinoamericana nunca estuvo tan lejos ni tampoco tuvo tantos organismos, burocracia, cumbres y reuniones como ahora. Si ya la integración económica está bastante magullada (a pesar de que como nunca la economía continental anda viento en popa), pensar en una de carácter político es excesivo para cualquiera, incluso para las ambiciones imperiales de Brasil o Venezuela.
Que Chile presida una instancia como ésta precisamente ahora es, que duda cabe, paradójico, sea porque algunos querrán ver en ello un premio consuelo al desplazamiento de su liderazgo económico del que tanto se habla sin mayor fundamento, sea porque quienes le reclamaban protagonismo político se dan cuenta que no hay mejor manera de cosechar tempestades.
Pero lo concreto es que UNASUR ha nacido, que Chile tiene la obligación de acompañarla durante sus primeros pasos; que Venezuela enciende cigarros, feliz por el alumbramiento; y que Brasil hará sus mejores esfuerzos para que el niño no se vuelva camello en el camino.


Coordinador Observatorio de Política Regional Chile 21